Joan Laporta se sentaba en el sillón presidencial culé, por vez primera, en 2003. Lo hacía para reconducir el rumbo de un Barcelona perdido tanto a nivel institucional como deportivo y necesitado de un cambio radical que Laporta, ayudado por hombres, ahora, tan conocidos como Sandro Rosell, Marc Ingla, Jaume Ferrer o Ferran Soriano, supo darle. El presidente azulgrana mejoró el estado de las arcas, ofreció a la afición azulgrana los ídolos en los que necesitaba confiar y recondujo una nave que, desde hacía demasiado tiempo, navegaba a la deriva.
Su mandato, sin embargo, recibía el primer revés en 2005, momento en que el que había sido su hombre de confianza y vicepresidente deportivo, Sandro Rosell, decidía dimitir por las diferencias existentes, precisamente, con Joan Laporta. La marcha de un hombre querido por la afición y que había hecho posible, precisamente, el fichaje más ilusionante de la nueva era azulgrana, Ronaldinho, significó un duro golpe para el presidente del Barcelona que, también, 'perdió' a los directivos Jordi Moix, Josep Maria Bartomeu y Jordi Monés, quiénes, ahora forman parte de la junta directiva azulgrana, de la mano de Sandro Rosell.
Desde el momento en el que se produjo su marcha, Rosell, pese a no hacer apariciones públicas, se convirtió en el principal 'fantasma' de un Joan Laporta que vivió tranquilo hasta que los resultados dejaron de acompañarle. En 2008, y tras dos años en blanco del cuadro azulgrana, el presidente del Barcelona era sometido a una moción de censura y la sombra de Sandro Rosell volvía a hacer acto de presencia para dejar claro que si la moción prosperaba, sería candidato a las posteriores elecciones.
Estas no llegaron a producirse en 2008 porque Joan Laporta se salvó de la 'quema' por los pelos para continuar dirigiendo a un Barcelona que completaría, en 2009, el año más brillante de toda su historia. Seis títulos en un año fue el bagaje logrado por un cuadro azulgrana dirigido por Pep Guardiola, el técnico que supo aportar el orden, el rigor y la psicología de la que tan necesitados estaban en Can Barça. Darle la alternativa al de Santpedor fue, sin lugar a dudas, el mayor éxito logrado por un Joan Laporta siempre salpicado por sus polémicas declaraciones y actuaciones (en el recuerdo de todos quedará el momento en que decidió bajarse los pantalones en un aeropuerto) y, también, por sus supuestos negocios con el gobierno tirano de Uzbekistán. Realizar, presuntamente, acuerdos con un país dictatorial fue un error absoluto por parte de Joan Laporta que, durante la campaña electoral, soñó con dar continuidad a su legado de la mano de Jaume Ferrer.
Confió en él, con quién había mantenido algún que otro rifirrafe más que sonado, después de que Alfons Godall se alistara a la candidatura de Marc Ingla y de que, según dicen, ningún otro directivo culé aceptara la propuesta de convertirse en su delfín. Fue entonces cuando Ferrer quiso convertirse en el abanderado del laportismo sin demasiado éxito, puesto que, fue el candidato menos votado en unas elecciones en las que ganó, por goleada, Sandro Rosell.
El máximo temor de Laporta, por tanto, se hacía realidad el pasado 13 de junio aunque el presidente azulgrana, eso sí, supo mantener las formas, comportarse a la altura del cargo que ocupaba y felicitar, como dios manda, a su sucesor. Un Sandro Rosell al que le avaló una amplia mayoría del barcelonismo y que, de manera inesperada, recibía un efusivo abrazo del ya ex presidente azulgrana en un rinconcito de la Sala París, lugar en el que Sandro dio sus primeras palabras como presidente.
Esta mañana, durante la investidura de Sandro Rosell, Joan Laporta ofrecía un escueto y formal discurso para desear suerte a su sucesor y, posteriormente, saltaba al ruedo el hombre que, durante los próximos seis años, deberá luchar con la alargada sombra de un Joan Laporta al que, en cuanto a resultados, nadie puede discutirle. Por trayectoria, barcelonismo y equipo, Sandro Rosell parece preparado para salir victorioso de la lucha.