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Grosso trionfo

Otra sesión de cara o cruz decidió el destino de la Copa del Mundo. Después de empatar a 1 al final de los noventa minutos, después de que Zidane fuera expulsado justamente por un absurdo cabezazo a Materazzi en la prórroga, de que Henry se retirara exhausto y lesionado, los italianos cambiaron su tradicional mala suerte en los lanzamientos de penalti. Francia hizo muchos más méritos durante el encuentro, pero los ‘azzurri’ no erraron un solo chut en el momento decisivo y se llevaron el cuarto cetro dorado de su historia.

En un Estadio Olímpico de Berlín lleno a rebosar, con unas gradas abigarradas y una expectación desmedida, Italia se proclamó campeona del mundo. No fue su mejor partido, ni mucho menos, y en numerosos instantes recordó a la Italia rácana, del ‘catenaccio’ antipático, pero Marcello Lippi y los suyos sabían que sólo los primeros pasan a la historia. No era hacerlo bonito, tan sólo había que ganar y –sí se podía- darle algo de épica.

Primeros minutos de locos
Por el otro bando, Francia llegaba con idénticas ganas e intenciones, pero, probablemente, sin el gen competitivo inherente a los italianos. Los metódicos franceses empezaron a centrarse pronto. Mientras Italia aun cantaba los ecos de su himno, los de Doménech ya había provocado un penalti a su favor. El torpón Materazzi se llevó por delante al escurridizo Malouda en una internada de éste en el área. Pena máxima justa que señaló el argentino Elizondo, inmaculado durante todo el partido.

Cogió la pelota Zidane, sabedor que debía ser él quien chutara. En el que tenía que ser su día, el marsellés quiso pasar a la historia en muchos aspectos. El primero, un penalti chutado, acariciado a lo panenka, que rebotó en el larguero y tocó tierra dentro de la portería de un anonadado Buffon. A continuación la pelota salió de la portería y por un momento asomó la duda, pero el árbitro declaró –acertadamente- gol.

Los azzurri se vieron con el agua al cuello en el minuto 6 y se dedicaron a empujar, más con el corazón que con la cabeza. Su arrojo no se materializaba en buen juego pero sí en ocasiones, sobretodo a balón parado. Los córners y faltas laterales cercaron a Barthez y los experimentados zagueros galos. En uno de ellos, la justicia poética del fútbol quisó ponerse en la cabeza de Materazzi, que se elevó por encima de todos y remató inapelablemente un centro de Pirlo. Corría el minuto 19 y nadie esperaba tamaña demostración de coraje tan pronto.

Los contrastes de Zidane el día de su retirada
Ambas selecciones se calmaron y se dedicaron a lo que mejor saben, que es defenderse. Cualquier ataque de cualquier equipo era abortado por las eficientes retaguardias. Aparecieron en todo su esplendor Gattuso, Makelele, Cannavaro y Thuram. Ni Zidane ni Totti hilaban juego y el partido entró en una espiral autodestructiva de la que no salió. Ni los cambios de un Lippi que se está aficionando a poner delanteros -entraron Iaquinta y Del Piero- cambiaron nada. Sólo una estirada de Buffon a cabezazo de Zidane estuvo a punto de quebrar el partido. Mientras, Doménech, por su parte, tuvo que apañar su cerrojo por el pinchazo de Vieira y metió a Diarra, un clon del de la Juve.

En ésas estaban, cuando llegó el final del tiempo reglamentario. Seguían en las mismas cuando pasó la primera parte de la prórroga. Y no estaba previsto ningún cambio en el guión hasta que a Zidane se le cruzaron los cables. No fue un toque de genio, ni un pase milagroso, sino un irracional cabezazo a Materazzi que vio el asistente. Al colegiado no le quedó más remedio que expulsar al francés, que sólo se dio cuenta de su error cuando iba camino de los vestuarios y rompió a llorar. Sin duda Zizou no merecía esta despedida, pero él mismo rompió su propio cuento de hadas.

Grosso, verdugo final de los galos
Ésta fue la señal que, paradójicamente, acabó por echar del todo atrás a Italia. Los verdugos de Alemania decidieron jugárselo todo a una carta y finiquitar el partido. En los minutos restantes, una Francia herida perdió por el camino a Henry, con una sobrecarga muscular después de haber peleado en solitario durante todo el campeonato. Parecía que iba a ser la hora de los porteros: el consagrado Buffon o el extravagante Barthez. Al final ni uno ni otro. Fue un error del desahuciado Trezeguet, que envió su penalti al travesaño, el que decantó la serie de penaltis, la final, el título.

El honor de sellar el título fue para el lateral Fabio Grosso, del humilde Palermo, que marcó el quinto penalti para Italia, que anotó un inmaculado 5 de 5 y arrinconó así su infortunio con los once metros. El día de hoy, pues, será recordado como toda una metáfora del fútbol, la gloria, la frustración, la grandeza y la miseria. El empate al final de los 90 minutos dio un premio de 2’80 euros por cada euro puesto en juego, mientras que el triunfo azzurro en la tanda definitiva repartió 8’50 €/€ entre los usuarios de Miapuesta.com.

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