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Informe MF: el año en que nos miramos el ombligo

No es una ciencia exacta, pero la Champions League suele ser una extensión del juego y las sensaciones que transmiten los equipos en sus respectivas competiciones domésticas. Bayern de Munich y Chelsea lideran Bundesliga y Premier League con mano de hierro y ayer solventaron sus respectivos compromisos europeos con una insultante superioridad (1-7 el Bayern a la Roma; 6-0 el Chelsea al Maribor) que más de uno ha traducido ya como un mensaje a Europa: son favoritos.

 

Una señal que no debería pasar desapercibida para ningún equipo, pero especialmente para Barça y Madrid, que ya despreciaron a ingleses y alemanes en la Champions League 2011-2012. Aquella temporada, blancos y azulgranas estuvieron enzarzados en una lamentable y sucia guerra que dirigió Jose Mourinho desde Madrid y que siempre encontró respuesta en Barcelona. Aquella temporada, en el mundo del fútbol no existió nada más que las ruedas de prensa de Mou, el teatro de Alves y Busquets, las listas de errores arbitrales, las locuras de Pepe o los favores de Unicef. Carnaza en un periodo de entreguerras que sólo servía para matar el tiempo que faltaba hasta el siguiente Barça-Madrid o Madrid-Barça, en un año en que además el azar fue bastante morboso enfrentando a ambos conjuntos en varias ocasiones.

Sin embargo, el gran choque, la última batalla, el partido del milenio, debía ser el que tendría lugar en la final de la Champions League. No se contemplaba otro escenario. Y tampoco importaba que unos y otros tuvieran que pasar varias rondas hasta alcanzar la final del Allianz Arena. Se les colgó el cartel de favoritos y casi únicos candidatos desde la primera ronda, en la que unos cedieron solo un empate (Barça) y otros ni eso (Madrid). Sólo existían Madrid y Barça, los mejores equipos de Europa con los mejores jugadores del mundo como punta de lanza, Leo Messi y Cristiano Ronaldo.

La realidad fue mucho más caprichosa. Después de que el Barça dejara en la cuneta al Bayer Leverkusen (10-2 en el global) en octavos con una histórica exhibición de Messi y al Milan (3-1 global) en cuartos, los de Pep Guardiola se cruzaron con un Chelsea en horas bajas. El ilusionante proyecto Villas-Boas había mutado en fracaso en sólo unos meses y los blues se habían colado en semis de milagro (remontaron en octavos un 3-1 al Nápoles), con un entrenador interino (Di Matteo) y una plantilla de prejubilados (Drogba, Lampard, Terry). En la previa de la eliminatoria, el Barça ya era finalista.

Por la otra parte del cuadro, el Madrid se enfrentaba a un Bayern de Munich más temible, pero que todavía estaba lejos del nivel que mostraría meses después en la temporada del triplete. A un especialista en Champions como Jose Mourinho no se le podía escapar el tren de la final. A Pellegrini sí, porque el chileno no era más que el entrenador del Málaga (Mou dixit), pero a The Special One no. Pues bien, a Mourinho la final se le fue al cielo, donde se marchó el último penalti de Sergio Ramos que dejaba al Madrid fuera de la competición. La cara que se le quedó a Ramos fue muy similar a la que lucieron los aficionados de Madrid y Barça, que no se podían creer que sus equipos no estuvieran en la final. Que Messi y Cristiano no libraran su última batalla en el Allianz. Que la guerra entre Madrid y Barça, lo único que existía en aquel momento, no llegara al escenario definitivo.

En plena semana de Clásico, cuando no hay vida inteligente fuera de ese partido, Bayern de Munich y Chelsea han presentado candidatura al título más importante de la temporada con dos recitales que no hacen más que confirmar su enorme potencial. Conviene recordar aquel año, el año en que nos miramos el ombligo, porque el que no conoce su historia está condenado a repetirla.

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