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Informe MF: Hambre, divino tesoro

Si no creen en las casualidades, hagan el ejercicio de analizar quiénes fueron ayer los mejores futbolistas del Barça. Será breve. Exacto: Jordi Alba y Neymar. Alguno podría incluir a Marc Bartra en esa lista. Y ahora piensen qué futbolistas, de los 11 que saltaron ayer al Vicente Calderón a jugarse las semifinales vestidos de azulgrana, nunca han ganado la Champions League. Exacto: Jordi Alba y Neymar. Y alguno podría incluir a Marc Bartra, si tenemos en cuenta que tuvo un papel testimonial en la Champions 2010–2011 que consta en su palmarés. Hambre, divino tesoro.

Podemos desmenuzar el partido desde el punto de vista táctico y llegaremos a la conclusión que Simeone le ganó la partida a Martino. Se la ganó con la misma mano con la que había igualado los anteriores choques: líneas muy juntas, ayudas y más ayudas, cero complicaciones defensivas y balones en largo a la espalda de la gelatinosa defensa del Barça. Un planteamiento sencillo y efectivo, pero muy lejos de ser innovador. El Atlético ha jugado exactamente a eso en los cinco enfrentamientos que ha disputado contra el Barça esta temporada, así que ningún culé pudo sorprenderse al ver a once futbolistas rojiblancos por delante de Courtois y por detrás del centro del campo en cada ataque del Barça.

El Tata Martino respondió al cerrojo desplazando a Messi a la banda derecha, donde supuestamente estaría más libre para trenzar jugadas con el interior o el lateral de su banda y desde donde podría tirar sus famosas diagonales. Sin embargo, el argentino desertó de esta eliminatoria, en parte porque el Atlético lo desactivó, en parte porque Leo no se siente del todo cómodo en el ecosistema que le genera el esquema del Tata. Cesc hizo de falso nueve, aunque lo más acertado sería decir que es muy falso que Cesc se parezca en algo a un nueve. Y las modificaciones acabaron ahí. En realidad, daba igual que Messi jugara de falso nueve o lo hiciera Cesc, que los laterales fueran más o menos profundos o que los interiores tuvieran la orden de llegar más al área, porque todos los males del Barça empezaron y acabaron en la actitud. Sin actitud no hay paraíso. Y mucho menos semifinales.

Ni siquiera se puede acusar al Barça de ser víctima de su ortodoxia, esa que obliga a salir desde atrás tocando y a elaborar todas las jugadas antes de rematar a portería, porque ayer el equipo azulgrana acabó el partido colgando balones al área. Nadie remató. De hecho, el Barça se llevó muy pocos rechaces, ganó escasísimos balones aéreos y salió derrotado en casi todos los uno contra uno que intentaron sus jugadores. Otra vez, un problema de actitud.

El Cholo sabía que la única manera de igualar la eliminatoria era llevándola al terreno de las emociones. En cualquier escenario en el que el partido no fuera pasión, intensidad y ganas, el Atlético saldría derrotado. Sencillamente, porque es peor equipo que el Barça. Así que Simeone pintó la cara de sus jugadores, les entregó como arma una inquebrantable fe en sus posibilidades y los lanzó al Vicente Calderón, donde decenas de miles de voces trabajaban en cadena entregando balones de oxígeno a sus jugadores. Tampoco importó que no jugaran Diego Costa y Arda Turan, los futbolistas de más talento del Atlético, porque en el campo no había jugadores de fútbol, había soldados dispuestos a morir por un escudo que no se veía en unas semifinales de Champions desde hace cuatro décadas. Carácter.

Empujó el corazón del Cholo y empujó la mejor afición de España, y cuando el equipo rojiblanco amenazaba con desfallecer, apareció el espíritu de Luis Aragonés para recordarle a todo el mundo aquello de «ganar, ganar y ganar, y volver a ganar». El Barça se dejó una pequeña parte de su espíritu guerrero en la final de Roma (2009), otro poquito en la final de Londres (2011), otro en la del Mundial de Clubes de Japón (2011) -que muchos citan como el principio del fin- y cuando se quiso dar cuenta se encontró con que había vaciado el tarro de la actitud, ese que va esposado al del talento y que es tan imprescindible como éste para ganar títulos. Hambre, divino tesoro.

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